miércoles, 29 de marzo de 2017

ALEJANDRA PIZARNIK

LA DE LOS OJOS ABIERTOS 

la vida juega en la plaza  
con el ser que nunca fui 

y aquí estoy 

baila pensamiento  
en la cuerda de mi sonrisa    

y todos dicen que esto pasó y es 

va pasando  
va pasando  
mi corazón  
abre la ventana 

vida  aquí estoy  mi vida  
mi sola y aterida sangre  
percute en el mundo 

pero quiero saberme viva  
pero no quiero hablar  
de la muerte 
 ni de sus extrañas manos.

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SAKUTARO HAGIWARA 

El pulpo que no murió


Un pulpo que agonizaba de hambre fue encerrado en un acuario por muchísimo tiempo. Una pálida luz se filtraba a través del vidrio y se difundía tristemente en la densa sombra de la roca. Todo el mundo se olvidó de este lóbrego acuario. Se podía suponer que el pulpo estaba muerto y solo se veía el agua podrida iluminada apenas por la luz del crepúsculo. Pero el pulpo no había muerto. Permanecía escondido detrás de la roca. Y cuando despertó de su sueño tuvo que sufrir un hambre terrible, día tras día en esa prisión solitaria, pues no había carnada alguna ni comida para él. Entonces comenzó a comerse sus propios tentáculos. Primero uno, después otro. Cuando ya no tenía tentáculos comenzó a devorar poco a poco sus entrañas, una parte tras otra.

En esta forma el pulpo terminó comiéndose todo su cuerpo, su piel, su cerebro, su estómago; absolutamente todo.

Una mañana llegó un cuidador, miró dentro del acuario y solo vio el agua sombría y las algas ondulantes. El pulpo prácticamente había desaparecido.

Pero el pulpo no había muerto. Aún estaba vivo en ese acuario mustio y abandonado. Por espacio de siglos, tal vez eternamente, continuaba viva allí una criatura invisible, presa de una escasez e insatisfacción horrenda.

FIN

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lunes, 27 de marzo de 2017


JUAN RAMÓN JIMÉNEZ


SIN TI NADA ES LA VIDA.
ESTOY MIRANDO
EL SOL Y VIBRA SIN SENTIDO;
EL CAMPO VERDE Y ORO
ES FÚNEBRE Y VACÍO.
ESTOY MIRANDO EL CIELO AZUL
Y ME PARECE ABSURDO Y ABURRIDO.
¡AY SÓLO TÚ, DIVINA, HUMANA,
LO ERES TODO!.
TRANQUILO,
SOBRE TU CORAZÓN, YO DEJARÍA
EL MÍO
Y HOY, QUE NO ESTÁS AQUÍ,
JADEA, ARDIENTE Y TRISTE, COMO UN PERRO
PERDIDO…

NO SUPE LO QUE ERAS
HASTA QUE HUISTE. LÍRICO
ERA, CONTIGO EL TIEMPO,
EL AIRE CRISTALINO
CORRÍA TODO LLENO, ANTE TUS OJOS DE ORO,
EN CLARO ILUSIONISMO…
¿NOSTALGIAS O DEMENCIAS?
TE HAS IDO, SÍ, TE HAS IDO.
NI LA FLOR TIENE AROMA
NI TRINO EL PAJARILLO,
NI CASTIDAD LA NUBE,
NI MIEL LA FRUTA, NI FRESCURA EL RÍO…

COMO EN UN VIERNES SANTO PERDURABLE
LA MUERTE VIVA TIENDE UN VELO UMBRÍO
SOBRE LA SOLEDAD CRUCIFICADA
DEL CAMPO FLORECIDO.
QUIETO, MUDO, DOLIENTE,
CLAVADO ESTOY EN ESTE LABERINTO.
CIEGO, NO SE TOMAR NINGÚN CAMINO.

Y SOLO ESPERO EL SUEÑO QUE NO ACABA
PARA ACABAR CON ESTE ESCALOFRÍO.

jueves, 16 de marzo de 2017

                     JORGE LUIS BORGES

               1964
Ya no es mágico el mundo. Te han dejado. 
Ya no compartirás la clara luna 
ni los lentos jardines. Ya no hay una 
luna que no sea espejo del pasado, 

cristal de soledad, sol de agonías. 
Adiós las mutuas manos y las sienes 
que acercaba el amor. Hoy sólo tienes 
la fiel memoria y los desiertos días. 

Nadie pierde (repites vanamente) 
sino lo que no tiene y no ha tenido 
nunca, pero no basta ser valiente 

para aprender el arte del olvido. 
Un símbolo, una rosa, te desgarra 
y te puede matar una guitarra. 

II 

Ya no seré feliz. Tal vez no importa. 
Hay tantas otras cosas en el mundo; 
un instante cualquiera es más profundo 
y diverso que el mar. La vida es corta 

y aunque las horas son tan largas, una 
oscura maravilla nos acecha, 
la muerte, ese otro mar, esa otra flecha 
que nos libra del sol y de la luna 

y del amor. La dicha que me diste 
y me quitaste debe ser borrada; 
lo que era todo tiene que ser nada. 

Sólo que me queda el goce de estar triste, 
esa vana costumbre que me inclina 
al Sur, a cierta puerta, a cierta esquina.Resultado de imagen para BORGES 1964



martes, 14 de marzo de 2017


JUAN RULFO

PEDRO PÁRAMO (frag.)



Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo. 
Mi madre me lo dijo. 
Y yo le prometí que vendría a verlo en cuanto ella muriera. Le apreté 

sus manos en señal de que lo haría; pues ella estaba por morirse y yo en plan de 
prometerlo todo. «No dejes de ir a visitarlo -me recomendó-. Se llama de otro modo y de 
este otro. Estoy segura de que le dará gusto conocerte.» Entonces no pude hacer otra cosa 

sino decirle que así lo haría, y de tanto decírselo se lo seguí diciendo aun después que a 

mis manos les costó trabajo zafarse de sus manos muertas. 
Todavía antes me había dicho: 
-No vayas a pedirle nada. Exígele lo nuestro. Lo que estuvo obligado a darme y nunca 

me dio... El olvido en que nos tuvo, mi hijo, cóbraselo caro. 
-Así lo haré, madre. 
Pero no pensé cumplir mi promesa. Hasta que ahora pronto comencé a llenarme de 

sueños, a darle vuelo a las ilusiones. Y de este modo se me fue formando un mundo 
alrededor de la esperanza que era aquel señor llamado Pedro Páramo, el marido de mi 
madre. Por eso vine a Comala. 
Era ese tiempo de la canícula, cuando el aire de agosto sopla caliente, envenenado por 

el olor podrido de las saponarias. 
El camino subía y bajaba: «Sube o baja según se va o se viene. Para el que va, sube; 

para el que viene, baja». 
-¿Cómo dice usted que se llama el pueblo que se ve allá abajo? 
-Comala, señor. 
-¿Está seguro de que ya es Comala? 
-Seguro, señor. 
-¿Y por qué se ve esto tan triste? 
-Son los tiempos, señor. 
Yo imaginaba ver aquello a través de los recuerdos de mi madre; de su nostalgia, entre 

retazos de suspiros. Siempre vivió ella suspirando por Comala, por el retorno; pero jamás 
volvió. Ahora yo vengo en su lugar. Traigo los ojos con que ella miró estas cosas, porque 
me dio sus ojos para ver: «Hay allí, pasando el puerto de Los Colimotes, la vista muy 
hermosa de una llanura verde, algo amarilla por el maíz maduro. Desde ese lugar se ve 
Comala, blanqueando la tierra, iluminándola durante la noche». Y su voz era secreta, casi 
apagada, como si hablara consigo misma... Mi madre. 
-¿Y a qué va usted a Comala, si se puede saber? -oí que me preguntaban. 
-Voy a ver a mi padre -contesté. 
-¡Ah! -dijo él. 
Y volvimos al silencio. 
Caminábamos cuesta abajo, oyendo el trote rebotado de los burros. Los ojos 

reventados por el sopor del sueño, en la canícula de agosto. 
-Bonita fiesta le va a armar 
-volví a oír la voz del que iba allí a mi lado-. Se pondrá 

contento de ver a alguien después de tantos años que nadie viene por aquí.




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