viernes, 21 de noviembre de 2014


21 DE NOVIEMBRE DE 1908 NACE
JASÉ BIANCO
Narrador, periodista, traductor y crítico literario argentino, nacido en Buenos Aires en 1908 y fallecido en su ciudad natal en 1986. A pesar de la brevedad de su producción literaria, está considerado como uno de los grandes renovadores de la narrativa argentina contemporánea.

Volcado desde su temprana juventud al cultivo de la creación y la crítica literarias, se dio a conocer como escritor a través de las páginas de algunas publicaciones culturales como la revista Nosotros, donde dejó estampados sus primeros cuentos, al tiempo que ofrecía sus precoces análisis del panorama literario argentino en el rotativo La Nación. A mediados de la década de los años treinta, ya consagrado como una de las voces más prometedoras de la literatura austral del siglo XX, José Bianco entró en contacto con Victoria Ocampo y con otros escritores del momento que, congregados en torno a la revista Sur, tenían en común su interés por la reflexión acerca de las posibilidades de la ficción; entre estos primeros compañeros de aventura literaria de José Bianco figuraban algunos nombres tan relevantes como los de Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares, Silvina Ocampo, Enrique Anderson Imbert, Manuel Peyrou y Santiago Davobe (1889-1952).

Las brillantes colaboraciones de José Bianco aparecidas en la revista Sur le auparon, en 1938, hasta el cargo de jefe de redacción, en el que se mantuvo hasta 1961. Aquel año, a raíz de un viaje del escritor bonaerense a Cuba y de las simpatías que mostró hacia el nuevo régimen castrista, se hicieron patentes las grandes divergencias políticas que existían entre la fundadora de la célebre publicación, Victoria Ocampo, y su jefe de redacción, divergencias que impulsaron a Bianco a renunciar a su cargo para seguir desempeñando sus labores de promoción cultural en el equipo editorial de EUDEBA. El fruto de tantos años de dedicación a estas tareas periodísticas y editoriales fue un volumen recopilatorio de sus artículos, publicado bajo el título de Ficción y realidad (1946-1976) (Buenos Aires: Ed. Sudamericana, 1972).

En su faceta de estudioso de la literatura, José Bianco destacó tanto por sus brillantes trabajos de traducción como por sus rigurosos y penetrantes ensayos críticos. Entre estos últimos, cabe recordar aquí sus agudas aproximaciones a las obras de algunos autores como el argentino Domingo Faustino Sarmiento o el español José Ortega y Gasset, así como su espléndido estudio dedicado al gran narrador francés Marcel Proust, publicado bajo el título de Homenaje a Marcel Proust; seguido de otros artículos (México: Universidad Nacional Autónoma de México, 1984). Como traductor, José Bianco rayó a gran altura con el traslado a la lengua de Cervantes de algunos títulos tan significativos en la historia de la literatura universal como Otra vuelta de tuerca, del estadounidense (nacionalizado británico) Henry James -autor que influyó notablemente en la prosa creativa de Bianco- y La Cartuja de Parma, del francés Stendhal. Además, vertió al castellano algunas de las obras señeras del irlandés Samuel Beckett y del francés Gustave Flaubert.

Autor de una exquisita prosa narrativa, José Bianco figura por méritos propios entre los grandes escritores argentinos que, como los citados Borges o Bioy Casares, renovaron profundamente la literatura nacional desde un enfoque meta-narrativo que orienta sus obras hacia la reflexión acerca de la naturaleza misma de la ficción literaria, con ricas divagaciones sobre fábula y realidad, sueño y certeza, autenticidad y representación, y, en suma, todas aquellas dicotomías que indagan en los dominios de la ambigüedad y la incertidumbre, sin excluir la voluntaria confusión entre el punto de vista del narrador y la naturaleza de los hechos narrados. Dentro de esta pauta común entre algunos de los autores vinculados durante una larga etapa de su producción literaria a la revista Sur, la principal originalidad de las narraciones de José Bianco radica en la creación de sugerentes espacios fantásticos dentro de unas coordenadas reales que se sitúan en el ámbito del universo familiar que rodea al autor, siempre concreto y cerrado y, paradójicamente -por mor de su maestría narrativa-, abierto a esas exploraciones imaginativas que caracterizan su escritura. Otra importante seña de identidad en la narrativa de Bianco es la profundización en la psicología de los personajes, característica que, unida a su tendencia a presentar un mismo suceso observado desde diferentes puntos de vista, acerca algunas de sus obras al modelo novelesco puesto de moda por el citado Henry James. Ello queda patente en su celebérrima novela corta titulada Sombras suele vestir (publicada por vez primera en el número 85 de la revista Sur, en 1941), donde la afición de José Bianco por los argumentos fantásticos alcanza cotas pocas veces superadas por otros narradores argentinos; asimismo, su segunda novela corta, publicada bajo el título de Las ratas (Buenos Aires: Sur, 1943), ofrece nuevas muestras de la predilección del autor bonaerense por la pluralidad de puntos de vista, esta vez enfocados en una trama policial enriquecida por sutiles introspecciones psicológicas. Antes de publicar estas dos nouvelles magistrales, José Bianco había dado a la imprenta otra narración breve titulada La pequeña Gyaros (Buenos Aires: Viau y Zona, 1932).

Tras largos años de silencio creativo, José Bianco volvió a los anaqueles de las librerías a comienzos de los años setenta con una espléndida novela extensa titulada La pérdida del reino (Buenos Aires: Ed. Sudamericana, 1972), obra en la que ofreció una amena y lúcida reconstrucción de la sociedad porteña de los años cuarenta. Inmerso más que nunca en ese proteico y variado universo personal en el que las representaciones y los desdoblamientos parecen impedir cualquier atisbo de certeza, Bianco defiende en esta novela la imposibilidad de seguir narrando historias lineales desde un único punto de vista, y la necesidad de enfrentarse a la dudosa realidad que nos envuelve por medio de la observación fugaz y fragmentaria de los diversos materiales que parecen conformarla. Así, en esta magnífica novela el narrador -que se presenta, con nítidos rasgos autobiográficos, como ese asesor editorial, traductor y crítico literario que era el propio autor- delega en el lector la responsabilidad de descifrar los enigmas de la trama mediante la recomposición de una realidad fragmentaria que va apareciendo ante sus ojos configurada por los papeles dispersos del protagonista, quien se los ha remitido, poco antes de morir, con la esperanza de que le brinden abundante material para un relato novelesco.