sábado, 7 de marzo de 2015

SILVIA TOMASA RIVERA
CAZADOR

Allá, muy cerca de las altas fronteras
(en el noreste)
un hombre solo caza venados.
No ha encontrado ni uno, pero él sabe
que por ahí rondan en las noches
y se bañan en los rayos de luna.
Se lo dijeron su abuelo y su padre
y un viejo alucinado que bajaba de la montaña
a contar historias: decía que había matado una venada
y cuando se acercó tenía la piel y la boca de mujer,
todo en ella era suave y le dio miedo,
y no quiso arrastrarla. La acarició completa
y la enterró en el monte, pero sus ojos no pudo cerrarlos. Por eso venía algunas noches a tomar café
(cuando el miedo lo ponía lunático),
huyendo de la muerte y de los ojos ardientes del venado.
Corría 1964 y el hombre -entonces niño-
miraba las estrellas por sobre las altas palmeras
en la boca de la selva negra.
Eso era en La Huasteca, aquellos años.
La palabra ecología no estaba en el diccionario,
o él nunca la vio. La escuela estaba lejos y los caballos
no eran un transporte, sólo bestias de carga y de trabajo.
No hubo cien, ni doscientos ni trescientos hombres, que se plantaran
frente a los taladores de bosques.
No era que no les importaran sus tierras y su monte.
Era que estaban preocupados por el despliegue
del ejército a lo largo de las carreteras;
causa del abigeato: medio de subsistencia natural
en aquel tiempo, allá en La Huasteca.
No extrañaba a su madre, tampoco fue al entierro
porque la tosferina quemaba sus pulmones.
Una epidemia entre tantas; se salvó de morir.
Así creció, sin ella, apenas con su padre
y un rifle colgado de la viga. Solo,
a merced del aullido a veces del coyote
a veces de hombre perdido-en-la-noche buscando venado.
Claro que en aquel entonces los venados
corrían en manadas a los ojos del hombre
y encandilados con lámparas de aceite
danzaban sobre huizaches;
ofrendándose libres a la hoguera.
Era fácil morir (tal como ahora): arriba el ciervo entre árboles y ríos
abajo el hombre entre la identidad y las carreteras,
teniendo que aguantar el descampado petrolero.
Pero ellos: los otros. no pudieron acabar con el bosque.
(Ni los soldados con el abigeate). Cuestión de desengrapar los lienzos de alambre, martillar las púas
y el ganado sale -uno por uno- burlando las garitas.
Otra más, recuerda el hombre, sitiado
por los cuatro costados de la historia.
"Tú eres mi esperanza, tendrás que irte de aquí"
-dijo su padre- mientras lo subían a golpes de conciencia en una camioneta del ejército.
Pero en 1964, él tenía 10 años
y los niños escuchan lo que quieren.
De modo que no fue a ninguna parte; ni buscó sus raíces.
por eso estaba allí, al pie de su tierra: alucinado.
En la planicie los hombres traficaban con reses
con aves, con mujeres...
Pero él vivía solo, en la montaña
muy cerca de las altas fronteras. Venteando venados.