sábado, 21 de junio de 2014

LA NAUCEA FRAGMENTO J.P.SARTRE
DIARIO
Lunes 29 de enero de 1932.
Algo me ha sucedido, no puedo seguir dudándolo. Vino como una
enfermedad, no como una certeza ordinaria, o una evidencia. Se instaló
solapadamente poco a poco; yo me sentí algo raro, algo molesto, nada más. Una
vez en su sitio, aquello no se movió, permaneció tranquilo, y pude persuadirme
de que no tenía nada, de que era una falsa alarma. Y ahora crece.
No creo que el oficio de historiador predisponga al análisis psicológico. En
nuestro trabajo sólo tenemos que habérnoslas con sentimientos a los cuales se
aplican nombres genéricos, como Ambición, Interés. Sin embargo, si tuviera una
sombra de conocimiento de mí mismo, ahora debería utilizarlo.
Por ejemplo, en mis manos hay algo nuevo, cierta manera de tomar la pipa o
el tenedor. O es el tenedor el que ahora tiene cierta manera de hacerse tomar; no
sé. Hace un instante, cuando iba a entrar en mi cuarto, me detuve en seco al
sentir en la mano un objeto frío que retenía mi atención con una especie de
personalidad. Abrí la mano, miré: era simplemente el picaporte. Esta mañana en
la biblioteca, cuando el Autodidacto5 vino a darme los buenos días, tardé diez
segundos en reconocerlo. Veía un rostro desconocido, apenas un rostro. Y
además su mano era como un grueso gusano blanco en la mía. La solté en
seguida y el brazo cayó blandamente.
También en la calle hay una cantidad de ruidos turbios que se arrastran.
Por lo tanto se ha producido un cambio durante estas últimas semanas. ¿Pero
dónde? Es un cambio abstracto que no se apoya en nada. ¿Soy yo quien ha
cambiado? Si no soy yo, entonces es este cuarto, esta ciudad, esta naturaleza; hay
que elegir.
Creo que soy yo quien ha cambiado; es la solución más simple. También la
más desagradable. Pero debo reconocer que estoy sujeto a estas súbitas
transformaciones. Lo que pasa es que rara vez pienso; entonces sin darme
cuenta, se acumula en mí una multitud de pequeñas metamorfosis, y un buen día
5 Origier P…, de quien se hablará a menudo en este diario. Trabajaba en los tribunales.
Roquentin lo había conocido en 1930 en la Biblioteca de Bouville. 4 Jean Paul Sartre
La Náusea
se produce una verdadera revolución. Es lo que ha dado a mi vida este aspecto
desconcertante, incoherente. Cuando salí de Francia, por ejemplo, muchos
dijeron que había partido por capricho. Y cuando regresé bruscamente después
de seis años de viaje, todavía se hubiera podido hablar muy bien de capricho.
Aún me veo en la oficina de aquel funcionario francés que renunció el año
pasado a consecuencia del asunto Pétrou. Marcel se dirigía a Bengala con una
misión arqueológica. Yo siempre había deseado ir a Bengala y Marcel me
apremiaba para que me uniera a él. Ahora me pregunto por qué. Pienso que no
estaba seguro del Portal y contaba conmigo para no perderlo de vista. Yo no
tenía ningún motivo para negarme. Y aunque en aquella época hubiese
presentido la pequeña tramoya contra Portal, era una razón más para aceptar con
entusiasmo. Bueno, pues estaba paralizado y no podía decir una palabra. Miraba
fijo una pequeña estatuita kmer, sobre una carpeta verde, al lado de un aparato
telefónico. Me sentía lleno de linfa o leche tibia. Mercier me decía, con cierta
irritación velada por una paciencia angélica:
—Claro, yo necesito estar seguro oficialmente. Sé que acabará usted por decir
que sí; sería preferible aceptar en seguida.
Marcel tiene una barba de un negro rojizo, muy perfumada. A cada
movimiento de su cabeza, yo respiraba una bocanada de perfume. Y de pronto
me desperté de un sueño de seis años.
La estatua me pareció desagradable y estúpida, y sentí que me aburría
profundamente. No lograba comprender por qué estaba yo en Indochina. ¿Qué
hacía allí? ¿Por qué hablaba con esa gente? ¿Por qué iba vestido de una manera
tan rara? Mi pasión estaba muerta. Me había arrebatado y arrastrado: en la
actualidad me sentía vacío. Pero esto no era lo peor; delante de mí, plantada con
una especie de indolencia, había una idea voluminosa e insípida. No sé muy bien
qué era, pero no podía mirarla, tanto me repugnaba. Todo esto se confundía para
mí con el perfume de la barba de Mercier.
Me sacudí, exasperado y colérico contra él; respondí secamente:
—Se lo agradezco, pero creo que be viajado bastante; ahora tengo que volver a
Francia.
A los dos días tomaba el barco para Marsella.
Si no me equivoco, si todos los signos que se acumulan son precursores de
una nueva conmoción en mi vida, bueno, tengo miedo. No es que mi vida sea
rica, ni densa, ni preciosa.
Pero tengo miedo de lo que va a nacer, de lo que va a apoderarse de mí, ¿y
arrastrarme a dónde? ¿Será necesario una vez más que me vaya, que deje todo lo
proyectado, mis investigaciones, mi libro? ¿Me despertaré dentro de algunos
meses, dentro de algunos años, roto, decepcionado, en medio de nuevas ruinas?
Quisiera ver claro en mí antes de que sea demasiado tarde.