domingo, 30 de noviembre de 2014

MARK TWAIN
LAS AVENTURAS DE TOM SAWYER (FRAG.)

No era el niño modelo del lugar. Al niño modelo lo conocía de sobra, y lo detestaba
con toda su alma.
Aún no habían pasado dos minutos cuando ya había olvidado sus cuitas y
pesadumbres. No porque fueran ni una pizca menos graves y amargas de lo que son para
los hombres las de la edad madura, sino porque un nuevo y absorbente interés las redujo a
la nada y las apartó por entonces de su pensamiento, del mismo modo como las desgracias
de los mayores se olvidan en el anhelo y la excitación de nuevas empresas. Este nuevo
interés era cierta inapreciable novedad en el arte de silbar, en la que acababa de adiestrarle
un negro, y que ansiaba practicar a solas y tranquilo. Consistía en ciertas variaciones a
estilo de trino de pájaro, una especie de líquido gorjeo que resultaba de hacer vibrar la
lengua contra el paladar y que se intercalaba en la silbante melodía. Probablemente el lector
recuerda cómo se hace, si es que ha sido muchacho alguna vez. La aplicación y la
perseverancia pronto le hicieron dar en el quid y echó a andar calle adelante con la boca
rebosando armonías y el alma llena de regocijo. Sentía lo mismo que experimenta el
astrónomo al descubrir una nueva estrella. No hay duda que en cuanto a lo intenso, hondo y
acendrado del placer, la ventaja estaba del lado del muchacho, no del astrónomo.
Los crepúsculos caniculares eran largos. Aún no era de noche. De pronto Tom
suspendió el silbido: un forastero estaba ante él; un muchacho que apenas le llevaba un
dedo de ventaja en la estatura. Un recién llegado, de cualquier edad o sexo, era una
curiosidad emocionante en el pobre lugarejo de San Petersburgo.