miércoles, 17 de diciembre de 2014


MARQUES DE SADE
El Fingimiento Feliz

Hay muchísimas mujeres que piensan que con tal no llegar hasta el fin con un
amante, pueden al menos permitirse, sin ofender a su esposo, un cierto comercio
de galantería, y a menudo esta forma de ver las cosas tiene consecuencias más
peligrosas que si su caída hubiera sido completa. Lo que le ocurrió a la marquesa
de Guissac, mujer de elevada posición de Nimes, en el Languedoc, es una prueba
evidente de lo que aquí proponemos como máxima.
Alocada, aturdida, alegre, rebosante de ingenio y de simpatía, la señora de Guissac
creyó que ciertas cartas galantes, escritas y recibidas por ella y por el barón
Aumelach, no tendrían consecuencia alguna, siempre que no fueran conocidas y
que si, por desgracia, llegaban a ser descubiertas, pudiendo probar su inocencia a
su marido, no perdería en modo alguno su favor. Se equivocó... El señor de
Guissac, desmedidamente celoso, sospecha el intercambio, interroga a una
doncella, se apodera de una carta, al principio no encuentra en ella nada que
justifique sus temores, pero si mucho más de lo que necesita para alimentar sus
sospechas, coge una pistola y un vaso de limonada le irrumpe como un poseso en
la habitación de su mujer...
- Señora, he sido traicionado -le ruge enfurecido-; leed este billete: él me lo aclara,
ya no hay tiempo para juzgar, os concedo la elección de vuestra muerte.
La marquesa se defiende, jura a su marido que está ,equivocado, que puede ser, es
verdad, culpable de una imprudencia, pero que no lo es, sin lugar a duda, de
crimen alguno.
- ¡Ya no me convenceréis, pérfida! -le contesta el marido furibundo-, ¡ya no me
convenceréis! Elegid rápidamente o al instante esta arma os privará de la luz del
día.
La desdichada señora de Guissac, aterrorizada, se decide por el veneno; toma la
copa y lo bebe.
- ¡Deteneos! le dice su esposo cuando ya ha bebido parte-, no pereceréis sola;
odiado por vos, traicionado por vos, ¿qué querríais que hiciera yo en el mundo?
-y tras decir esto bebe lo que queda en el cáliz.
- ¡Oh, señor! -exclama la señora de Guissac-. En terrible trance en que nos habéis
colocado a ambos, no me neguéis un confesor ni tampoco el poder abrazar por
última vez a mi padre y a mi madre.
Envían a buscar enseguida a las personas que esta desdichada mujer reclama, se
arroja a los brazos de los que le dieron la vida y de nuevo protesta que no es
culpable de nada. Pero, ¿qué reproches se le pueden hacer a un marido que se cree
traicionado y que castiga a su mujer de tal forma que él mismo se sacrifica? Sólo
queda la desesperación y el llanto brota de todos por igual.
Mientras tanto llega el confesor...
- En este atroz instante de mi vida -dice la marquesa- deseo, para consuelo de mis
padres y para el honor de mi memoria hacer una confesión pública y empieza a
acusarse en voz alta de todo aquello que su conciencia le reprocha desde que nació.
El marido, que está atento y que no oye citar al barón de Aumelach, convencido de
que en semejante ocasión su mujer no se atrevería a fingir, se levanta rebosante
de alegría.
¡Oh, mis queridos padres! -exclama abrazando al mismo tiempo a su suegro y a su
suegra-, consolaos y que vuestra hija me perdone el miedo que la he hecho pasar,
tantas preocupaciones me produjo que es lícito que le devuelva unas cuantas. No
hubo nunca ningún veneno en lo que hemos tomado, que esté tranquila;
calmémonos todos y que por lo menos aprenda que una mujer verdaderamente
honrada no sólo no debe cometer el mal, sino que tampoco debe levantar
sospechas de que lo comete.
La marquesa tuvo que hacer esfuerzos sobrehumanos para recobrarse de su
estado; se había sentido envenenada hasta tal punto que el vuelo de su
imaginación le había ya hecho padecer todas las angustias de muerte semejante.
Se pone en pie temblorosa, abraza a su marido; la alegría reemplaza al dolor y la
joven esposa bien escarmentada por esta terrible escena, promete que en el futuro
sabrá evitar hasta la más pequeña apariencia de infidelidad. Mantuvo su palabra y
vivió más de treinta años con su marido sin que éste tuviera nunca que hacerle el
más mínimo reproche.